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Una cuestión crucial: El Derecho a la Seguridad Social
En homenaje a una de las personas que más han trabajado en relación con la Seguridad Social, Jef Van Langendonck, con ocasión de que llega a los 65 años, se va a celebrar el 17-18 de febrero de 2006 un Coloquio Internacional titulado «El derecho a la Seguridad Social» en la Universidad Católica de Lovaina. Con ese motivo, Paula Maky, del Instituto de Derecho Social de esa Universidad, se ha dirigido a un considerable número de investigadores con lo que podríamos llamar el amplio conjunto de preguntas que, todavía hoy hay que hacer, cuando se contempla el actual sistema de Seguridad Social que, como tal, fue diseñado, por primera vez, en los dos Libros Blancos de Beveridge que comenzaron a ser conocidos a partir del 20 de noviembre de 1942.

Además, hay que tener en cuenta sus precedentes, con un fuerte componente derivado ya de la «Verein für Sozialpolitik», ya de la Fabian Society. La primera de estas orientaciones dio sus primeros pasos en 1883 tras una famosa comunicación leída en nombre del Kaiser, por Bismarck en el Reichstag, que abrió el periodo de los seguros sociales obligatorios.

Pero todo el despliegue efectuado a partir de Beveridge se basaba en derivaciones de la «Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero», de Keynes, mucho antes de sufrir, en sus planteamientos ante el futuro, tras la crisis de los setenta, no sólo los embates de Buchanan y toda la Escuela de Virginia, con ese explosivo «Democracy in deficit: The political legacy of Lord Keynes» (Adademic Press, 1977) de James T. Buchanan y Richard Wagner, sino los que procedieron de Milton Friedman a partir del ensayo publicado en marzo de 1968 en «The American Economic Review», «El papel de la política monetaria». La «Verein für Sozialpolitik», tras la «polémica del método», al estar ligada al neohistoricismo, no pudo levantar cabeza tras el vitriólico ensayo «La pobreza del historicismo» debido a Karl Popper, aparecido por primera vez en «Economica» mayo y agosto de 1944 y mayo de 1945.

Los trabajos de los fabianos, tras perder a sus sucesivos padres intelectuales, a pesar de los intentos, pobres intentos, de los Gidden y demás, hay que decir que gozan de escaso poder de convicción. Como le sucedió a Humpty Dumpty, la Fabian Society «cayó del caballo, y todos los caballeros del rey no la pudieron subir al caballo otra vez».

Por tanto, la Seguridad Social ha quedado desprovista de los padrinos que garantizaban el actual mecanismo de financiación. Desde el punto de vista de la dignidad de la persona humana tiene toda la razón del mundo para existir, pero ha de encajarse urgentemente en otro modelo de financiación si no quiere provocar más males que bienes para el conjunto de la Comunidad.

Hay que partir de una cifra básica: el envejecimiento creciente de nuestra población. En el siglo XX se experimentó en España un fenómeno impresionante. Entendiendo por ancianos a las personas con 65 años o más de una comunidad, en el inicio de ese siglo, su número suponía el 5,2% del total de la población española. En 2003, ya significaban el 17,0%. Como se dice en el excelente artículo de Antonio Abellán García y Mª Dolores Puga González, «Una España que envejece» publicado en «Papeles de Economía Española», 2005, nº 104, monográfico «Transformación demográfica. Raíces y consecuencias», el envejecimiento demográfico en España «ha sido un proceso rápido y profundo y probablemente será duradero».

El Instituto Nacional de Estadística, en la publicación «Proyección de la población calculada a partir del Censo de Población de 2001», calcula que el porcentaje de ancianos en el año 2050 será del 30,8%, para una población española total ligeramente por encima de los 53 millones de habitantes.

Lo que eso supone son colosales aumentos de la carga de las pensiones y una asistencia social creciente a las personas de mucha edad, por un lado, así como en los gastos sanitarios, porque su incremento con la edad es fabuloso. Son vanos todos los esfuerzos de Julio Pérez Díez, en su artículo «Consecuencias sociales del envejecimiento demográfico», en el citado número de «Papeles de Economía Española» para soslayar este problema.

Por lo tanto, es preciso comenzar a pensar que los viejos planteamientos de los planes de Seguridad Social han de ser modificados muy a fondo. Por supuesto existen puntos de vista simplistas. Según «El Comercio» de Gijón de 15 de agosto de 2005, el Gerente de Establecimientos Residenciales para ancianos (ERA), Faustino Álvarez, declaraba: «el Estado del bienestar cuesta; si hay que subir los impuestos, que se suban», sin percibir algo que es bien conocido por cualquier economista que no beba en fuentes trasnochadas: que si esta subida de los impuestos produce, por ejemplo, paro o depresión, como tendrá, por el desempleo y por las jubilaciones anticipadas, que atender a muchas más personas, el Estado del bienestar costará automáticamente bastante más, metiéndonos en un círculo vicioso intolerable.

Otra simpleza es la que se deriva del interesante trabajo de Yolanda Gómez, en «ABC» de 16 de agosto de 2005, titulado «Gobierno y sindicatos abren en septiembre un diálogo para prejubilar unos 25.000 funcionarios», disparatada medida a no ser que encubra una reducción automática de empleos en la Administración pública, que en los últimos treinta años ha más que duplicado la cifra de empleados y funcionarios públicos, una medida que el Fondo Monetario Internacional ya hace años calificó de simple mecanismo para reducir el desempleo.

Lo que sí es importante es la información aparecida en «Cinco Días» del 21 de julio de 2005 sobre el trabajo que maneja el ministro Caldera, en el que se «alerta de la necesidad de cambiar el sistema de pensiones porque de lo contrario la Seguridad Social entrará en déficit en 2015, terminando ese ejercicio con un déficit de 625 millones de pesetas... Teniendo en cuenta que los superávit de la Seguridad Social de los próximos años seguirán engrosando el fondo de reserva de las pensiones, a partir de 2015, cuando el sistema entre en déficit, éste podrá paliarse con dicho fondo. Si bien, siete años después de alcanzar los números rojos, en 2022, el fondo de reserva también se agotará».

José Antonio Herce, con claridad, señala en «Capital» de septiembre de 2005, que «en un contexto donde la duración de la vida, sobre todo después de la jubilación, es cada vez mayor, sólo caben dos soluciones: ahorrar más o trabajar más», retrasando la retirada a una cifra «próxima a los 70 años». De ahí que la contestación positiva a la pregunta del profesor Cabrillo que se presenta en el título de su artículo en «Expansión» el 13 de agosto de 2005, «¿Reformar la Seguridad Social?», sea de rabiosa urgencia.


Publicado por ABC, el 12 de septiembre de 2005

Autor: Juan Velarde Fuente
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