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Reforzar la Seguridad Social
La Seguridad Social en España en estos momentos goza de buena salud en su sostenibilidad económica. A pesar de los agoreros pseudocientíficos que aseguraban que a estas alturas las finanzas de la Seguridad Social se encontrarían en una intensa quiebra, ahora hasta los más pesimistas tienen que reconocer que tenemos un equilibrio financiero bastante notable, siendo de común aceptación que la atención por el Estado a las pensiones está garantizada, cuando menos en el medio plazo. Se ha producido una muy importante incorporación de nuevos cotizantes, particularmente debido a la inmigración, los impuestos estatales asumen los costes de las prestaciones no contributivas, se incrementa anualmente el fondo de reserva previsto para atender a las posibles situaciones de crisis coyunturales, ha descendido notablemente el gasto en prestaciones por desempleo con la reducción del paro y se han conjurado mínimamente los riesgos de ruptura de la caja única en el proceso de reforma de los Estatutos de Autonomía.

A diferencia de lo que ha sucedido en otros países europeos, donde se ha reaccionado tarde, cambiando las cosas cuando los problemas ya estaban encima, aquí desde hace más de veinte años hemos tenido la habilidad de ir introduciendo cambios paulatinos, menos traumáticos, pudiendo programar las transformaciones que requiere el sistema para hacerlo más sólido y justo. El impacto de los cambios en la Seguridad Social lo es en general dentro de un arco temporal amplio, pues influyen sobre todo los cambios demográficos. Por ejemplo, en estos momentos se están incorporando a la jubilación quienes nacieron tras el final de la Guerra Civil, una generación mucho más numerosa que la precedente, y se está produciendo con facilidad y sin desequilibrios económicos. Es bueno que vayamos adaptando progresivamente la regulación a los cambios que se perciben en el inmediato futuro. Por ello, ha de darse la bienvenida al nuevo acuerdo de concertación alcanzado recientemente entre sindicatos, patronales y Gobierno de reforma de la Seguridad Social. Aunque se trate de una reforma más de una larga serie, con intensidad menor, que abunda en una línea de actuación similar de modernización y eficacia del sistema.

Por ejemplo, las pensiones de viudedad y orfandad se han quedado enormemente desfasadas. De un lado, sus cuantías cada vez resultan más ridículas si se pretende que atiendan a las penurias económicas de los familiares que dependían económicamente del fallecido, por lo que es de justicia que se proceda a un incremento importante de estas pensiones. Pero, al mismo tiempo, la pensión de viudedad surgió pensando en un modelo en el que la mujer estaba apartada del mercado de trabajo por completo o sus ingresos económicos eran de mero complemento del marido. En breve se pueden empezar a incorporar a esta pensión personas que no la necesitan o que la requieren en menor medida, pues van a tener derecho a una pensión de jubilación suficientemente digna; sobre todo, si se tiene en cuenta que la prohibición de discriminación ha provocado que también los hombres puedan tener acceso a la pensión de viudedad.

Pero, sobre todo, los cambios que se vienen produciendo en la Seguridad Social en los últimos tiempos van pensados para influir sobre el mercado de trabajo, al que se encuentra estrechamente conectado; en gran medida acaban siendo también reformas laborales. Tienen esta orientación medidas como incentivar la prolongación de la edad de jubilación, reforzar el carácter contributivo de las pensiones, o bien reformar la jubilación parcial.

Así, sigue existiendo entre nosotros un grave problema de economía sumergida, pues un grupo importante de población pasa un tiempo prolongado trabajando sin cotizar, o bien haciéndolo por cuantías inferiores a sus salarios reales. A veces incluso se siguen produciendo ciertos mecanismos de "compra" de pensiones, en el sentido de que sólo se cotiza al final de la vida laboral, próximos a la jubilación, lo imprescindible para cubrir el periodo mínimo exigible para la pensión. Por ello son convenientes las medidas de progresiva ampliación de ese mínimo, fijado ya con el último acuerdo en los 15 años efectivos de cotización. La eliminación de la economía sumergida debe ser un objetivo a conseguir, que beneficia a todos, rompiendo con la cultura de la informalidad tan extendida entre nosotros; beneficia a la propia Seguridad Social, que incrementa sus ingresos vía cotizaciones. Si en la Europa del norte prácticamente no existe inmigración irregular y se encuentra muy extendida en el sur, ello se debe en gran medida a que la economía sumergida juega como un importante campo de cultivo de la misma. La Seguridad Social no es el único instrumento, puede que ni siquiera sea el más influyente para reducir la economía sumergida, pero desde luego puede contribuir e incentivar que se adopten medidas en otros ámbitos.


Publicado por Diario de Sevilla, el 26 de julio de 2006

Autor: Jesús Cruz Villalón, Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Sevilla
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