| Micronesia Española |
He sido requerido por un amable lector para que incluya en
mis disgresiones históricas alguna referencia detallada a la presencia
española en las islas de Oceanía, las cuales constituyeron, con
excepción de las colonias africanas, los últimos jalones de
nuestro imperio, enajenados en junio de 1899 tras la firma de un tratado de
venta hispanoalemán. Curiosamente, sobre algunas de aquéllas,
omitidas por Francisco Silvela en el texto documental, podría
España hoy hacer reclamación de soberanía, ya que, en el
presente, la Micronesia, que antes fue española (archipiélagos de
Carolinas, Marianas y Palaos), depende directamente de las Naciones Unidas (con
la excepción de la isla de Guam, cedida en 1898, tras el desastre, a los
Estados Unidos) a través de una administración delegada en el
Gobierno de Washington.
Fueron descubiertos estos archipiélagos, según José
Arteche, biógrafo de Elcano, el 17 de marzo de 1521, durante la primera
circunnavegación planetaria. Tras tocar en varias islas, el 23 del mismo
mes, se arribó a la que hoy se llama Guam, la más importante de
las Marianas. Dice Arteche de aquel primer encuentro de sus naturales con los
europeos: "Eran los isleños ladrones redomados. Quedaron al
principio admirados y profundamente sorprendidos de la escuadra y de sus
hombres, pero enseguida rodearon con sus esquifes las naos, y subiendo a sus
cubiertas comenzaron a apoderarse de cuanto hallaban a mano....No
querían salir y hubo que expulsarlos a la fuerza. Un arcabuzado bastaba
para disolverlos, pero enseguida volvían a las andadas...De un golpe
audaz se llevaron la chalupa de la nao capitana." Llamó Magallanes
a aquellas ínsulas cuyos habitantes eran tan amigos de lo ajeno,
"islas de los Ladrones", y proclamó en ellas la hispana
soberanía.
Relativamente próxima a las Filipinas, cuando éstas fueron
conquistadas por Legazpi, las Palaos y las Marianas fueron ocupadas y
controladas por España, no así las Carolinas, archipiélago
constituido por una miríada de islas que se extendían en el
sentido de los paralelos hasta una distancia de 3.500 kilómetros de
aquéllas. Apartados del normal tráfico marítimo, la
soberanía española sobre ellas consideróse indiscutida
hasta finales del siglo pasado, tiempo en que, con motivo de un plazo
internacionalmente acordado para que las naciones interesadas en la
adquisición de un territorio no ocupado aunque sometido a otra
soberanía, pudieran reivindicarlo previa implantación en
él del organismo oficial correspondiente, decidió el Gobierno
español encargar al general Torreros, a la sazón capitán
general de Filipinas, la efectiva ocupación del archipiélago. En
junio de 1885 partió de manila una expedición compuesta por dos
compañias de fusileros mandadas por el comandante España. En la
misma iban el capitán de fragata Capriles, nombrado gobernador, y un
equipo de funcionarios estatales. Probablemente recibieron los expedicionarios
la orden de navegar hacía la isla Yap (se extraña el general
Esteban Infantes, estudioso de este episodio, de que se singlara tan hacia el
norte) ante fundadas sospechas de que hubiera en ella una instalación
europea. En efecto, encontraron aquéllos una factoría alemana.
Diose cuenta a las autoridades de Manila y se iniciaron desde Madrid las
protestas diplomáticas. Propuso Bismark el arbitraje papal, que fue
aceptado. El fallo fue favorable a España, aunque "se autorizaba a
Alemania a mantener en las Carolinas alguna factoría comercial sin merma
de nuestra sobernía".
Organizóse en Filipinas una nueva expedición para proceder a la
definitiva ocupación del archipiélago. Se eligió como sede
del Gobierno la isla de Ponapé, en la zona oriental del archipielago.
Vuelve a extrañarse el citado autor de tan excentrica elección:
para mí, con ella se hacía factible el control del disperso
territorio, extendido en 2.000.000 de kilómetros cuadrados
oceánicos, mediante el triple apoyo Manila-Guam-Ponapé, que
posibilitaba además un eficaz patrullaje de aquella dilatada amplitud de
aguas jurisdiccionales.
Fue nombrado jefe de la expedición el comandante Posadillo, quien
arribó a la citada isla a finales de 1885. Instalosé en ella la
escasa guarnición y los equipos administrativos. La empresa no era
económicamente rentable por "la poca variedad de los productos de
exportación, el alejamiento de los mercados, el no poder ocupar
más que un reducido número de kilómetros cuadrados y lo
costoso de mantener crecido número de destacamentos"; se
debía más bien a imperativos de prestigio. Por ello cuando en
1887 se produjo una sublevación de los indígenas, quienes
asesinaron a la totalidad de la colonia española, inmediatamente se
dispuso la salida de una nueva expedición.
Mandaba las tropas que componían la misma un artillero prestigioso:el
comandante Díaz Varela. Incorporóse a la misma en calidad de
gobernador del archipiélago otro ilustre militar, jefe de la Armada, que
moriría once años más tarde gloriosamente en Cavite,
abordando el acorazado norteamericano Olímpia, insignia de su flota: don
Luis Cadarso y Rey. Alcanzosé Ponapé tras doce días de
penosa travesía y se reconstruyó lo que los indigenas
habían destruido, encerrándolo en un fortín. Al ver
éstos en la isla una importante presencia militar, acataron la autoridad
española, aconsejados por un europeo llamado Deoane, que vivía
entre ellos, y que tal vez fue el instigador de la anterior rebelión.
Mientras duró el dominio español en la isla se sucedieron los
periódos pacíficos y las escaramuzas sobre aquel territorio de
complicada morfología que dificultaba las operaciones. A aquellás
con frecuencia se unían indigenas de las islas adyacentes sobre las que
no se podía ejercer un control efectivo. A lo largo de esos años
las bajas españolas como consecuencia de estos enfrentamientos fueron
proporcionalmente numerosas: en uno de ellos, por ejemplo, hubo treinta muertos
y cincuenta heridos. Fue con frecuencia necesario aplicar la autoridad con
absoluta contundencia.
Perdidas Cuba y Filipinas, aquellas islas apartadas y poco productivas
demandaban excesivos esfuerzos para su mantenimiento en la obediencia. El 30 de
junio de 1899 eran vendidas a Alemania. En el contrato de compra, España
se reservó algunas prerrogativas, como la de poder establecer y
conservar aun en tiempo de guerra un depósito de carbón para sus
marinas de guerra y mercante en los archipiélagos cedidos. Al margen de
la cesión quedaron algunos grupos de islas, anomalía que
descubrió el investigador don Emilio Pastor en 1948 y que
reconoció el Consejo de Ministros celebrado el 12 de enero de 1949,
emitiendo una nota sobre el particular. Aquel derecho y la hispana
soberanía sobre dichas islas no estan cancelados por acuerdo
internacional alguno.
Probablemente de todas nuestras aventuras coloniales, ésta es la
más desconocida, pese a la enorme extensión marítima en
que se desarrolló. Está adornada finalmente, por la curiosidad
histórica de que al menos cuatro grupos de islas (Guedes, Coroa,
Pescadores y Ocea), aunque no queramos hacer valer nuestros derechos sobre
ellos, siguen siendo españoles. Las Palaos, Marianas y Carolinas,
nuestras posesiones en Oceanía, completaron en su tiempo la presencia de
España en todos los continentes del planeta.
Juan Batista
Este artículo fue publicado el 14 de diciembre de 1982 en el
desaparecido diario El Alcazar.No disponemos de ninguna información
posterior sobre el tema que aborda, asi que agradeceriamos cualquier
aportación al respecto. Gracias.
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