| El valle de la Orotava: Tenerife en estado puro
|
Vigilado estrechamente por el Teide, el valle de la Orotava,
en Tenerife, desciende hacia el mar en un paisaje espectacular, entre el verde
de los palmerales, el negro de la tierra volcánica y el azul profundo
del océano.
Quienes tengan claro que Tenerife es únicamente playas y buena
temperatura, pueden ir cambiando de registro. La mayor de las islas Canarias
ofrece mucho más, que merece la pena descubrir. Por ejemplo, el valle de
la Orotava, que bajo la mirada imponente del Teide, ofrece un paisaje a mitad
de camino entre el norte de la Península, con el verde oscuro de sus
montañas; el otro verde, el de las plataneras; el fascinante y
dramático negro de la tierra volcánica y, un poco más
abajo, el azul profundo del océano.
A la temperatura, con una media de 20 grados todo el año, no se le puede
pedir más. Al igual que a las playas de arena negra, como El Bollulo, La
Fajana y La Grimona, más solitarias y tranquilas que las del abarrotado
sur. La de El Socorro, en concreto, es un paraíso para surfistas.
La encaramada villa de la Orotava mira al volcán desde sus faldas.
Magnífica y señorial, encierra tesoros como la Casa de los
Balcones, de estilo tradicional isleño, y el encantador Jardín
del Marquesado de la Quinta Roja. Muy cerca, no hay que perderse uno de los
dragos más viejos de la isla.
En las faldas de la alta cordillera dorsal, la villa de Los Realejos
está rodeada de cinco espacios naturales protegidos. De arraigada
cultura agrícola, con plataneras y viñas por todas partes,
anuncia orgullosa que posee el primer templo cristiano de Tenerife, la iglesia
de Santiago Apóstol, de 1496, donde bautizaron a nueve menceyes
guanches, la realeza aborigen de la isla. Su arquitectura civil del XVI
está representada por lugares tan singulares como La Era, La Pared, El
Cuchillo y La Coronela.
El Puerto de la Cruz
Ya junto al mar, el Puerto de la Cruz es una ciudad animada y distendida en la
que conviene un largo paseo para encontrarse con la arquitectura tradicional,
que delata su origen pesquero, como la Casa de la Aduana o el muelle, hasta la
modernidad representada por Costa Martínez, obra de Cesar Manrique. Muy
cerca, merece la pena hacer un lírico recorrido por el Loro Parque, a
pesar de su horrible nombre.
Para terminar, llegamos a La Laguna, donde sorprende la riqueza patrimonial que
encierra esta capital universitaria, ciudad de torres y espadañas,
campanarios y magníficas iglesias, monasterios, palacios y casas
barrocas.
Más hacia el noroeste, nos adentramos en la zona de la Isla Baja, el
secreto mejor guardado de Tenerife. Con lugares de singular belleza como
Buenavista, en el Parque Nacional del Teno, El Tanque o Los Silos, llegamos
después hasta la villa y puerto de Garachico, fundada por el banquero
geneovés Cristobal de Ponte en 1496. En su palpalbe tranquilidad,
Garachico se recuesta hoy en los esplendores de antaño, cuando fue el
principal puerto de Tenerife hasta que una gigantesca erupción
volcánica lo sepultó bajo la lava, en 1706.
Bien custodiados por el Castillo de San Miguel, poco a poco se van descubriendo
sus edificios, perdidos entre solitarias y preciosas callecitas con una
encantadora mezcla de arquitecturas, desde la isleña tradicional a la
andaluza, flamenca o filipina.También sus casaspalacio, como la de
los Condes de la Gomera o la del Marqués de Quinta Roja. Su ritmo
calmado es un reducto de paz para el espíritu.
|
|
Publicado por ExpansionDirecto, 11 de marzo de 2003
Autor: Maricar de la Sierra |
|
|
|
|