| La Macaronesia |
Fue el geólogo y botánico inglés Philip
Baker Webb (1793-1854) quien acuñó en el siglo XIX el
término Macaronesia para designar con él a la región
biogeográfica constituida por los Archipiélagos de las Azores,
Madeira, Canarias y Cabo Verde. Sin embargo, esta denominación se
remonta, en último extremo, al giro griego
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que los latinos tradujeron más tarde por fortunatorum insulae, de donde
derivaría posteriormente la designación geográfica
Fortunatae Insulae o «Islas Afortunadas». La expresión griega
ha sido traducida generalmente como «Islas de los Bienaventurados»,
si bien son posibles otras traducciones como las de «Islas de los
Dichosos, de los Felices, de los dioses» e incluso «Islas de los
muertos», dependiendo del sentido que le demos al adjetivo
¼¬º±Á, calificativo que en griego antiguo alude
especialmente al estado de dicha y felicidad propio de los dioses o de las
personas que viven como tales.
En el desarrollo histórico del concepto más extendido de Islas
Afortunadas, los estudiosos[1] han diferenciado tres etapas bajo las cuales se
encierran otras tantas concepciones que no debemos mezclar. La primera fase,
denominada mítica, se inicia hacia el 700 a. C. con la obra Los Trabajos
y días (vv.170 ss.) del poeta griego Hesíodo, quien sitúa
unas Islas de los Bienaventurados en el profundo Océano, en las que unos
felices héroes viven sin preocupaciones y para quienes la rica tierra
produce frutos dulces como la miel tres veces al año. Próximo a
nuestro concepto se halla el de Campos Elisios o Llanura Elisia que encontramos
en la Odisea de Homero (IV, 563 ss.). En estos parajes insulares habitaban
dioses y héroes míticos del ciclo tebano o troyano que
acudían allí por su parentesco con la divinidad o por cierta
virtud inherente a su elevado status social. En ambos pasajes predominan las
características propias de un mito muy conocido, el de la Edad de Oro.
Hacia el siglo V a. C. se produce un importante giro en la historia de dicho
concepto. A partir de esta fecha irán a morar a las islas citadas no
sólo los héroes mencionados, sino también las almas de
todos los que a lo largo de su vida se hayan mantenido alejados de todo mal e
injusticia. El autor causante de este cambio fue el poeta griego Píndaro
en su segunda Olímpica (vv. 68 ss.), compuesta hacia el 476 a. C. Luego
será Platón quien mejor y más extensamente desarrolla esta
nueva visión de la vida en el Más Allá. Desde este momento
se abre paso un criterio más democrático, frente al mundo
elitista de los héroes, como requisito indispensable para acceder a
estas islas. Esta segunda fase se podría calificar como
místico-religiosa o cultual, pues en ella se encierran ideas
órfico-pitagóricas procedentes del ambiente religioso de la
Sicilia de la época.
Por último, la tercera etapa de nuestra historia corresponde al momento
en que se transfieren a las islas geográficamente reales, los elementos
míticos y religiosos propios de las dos fases anteriores. Una de las
descripciones más famosas en este sentido es la que narra Plutarco,
autor griego del siglo II d.C., en su Vida de Sertorio (8,1-2), caudillo romano
que tuvo noticias de boca de unos pescadores gaditanos acerca de unas islas en
el Atlántico dotadas de características paradisíacas. A
partir del siglo I a. C. empezamos a encontrar autores como Estrabón,
Pomponio Mela, Plinio el Viejo, Ptolomeo, entre otros, que nos hablan de unas
Islas Afortunadas reales, situadas en la fachada atlántica frente a las
costas de Mauritania, que con cierta probabilidad pueden referirse a cualquiera
de los archipiélagos que hallamos en esos lugares (Azores, Madeira,
Salvajes, Canarias o Cabo Verde). Hoy sabemos con seguridad que de estos
archipiélagos atlánticos, sería el canario el más
firme candidato para recibir la denominación de Islas Afortunadas, a la
vista de un texto de la obra titulada Contra los gentiles (VI, 5) del escritor
latino Arnobio (s. IV d.C.), quien, además de identificar sin lugar a
dudas las míticas Islas Afortunadas con las reales Islas Canarias, las
designa por primera vez con su actual nombre (Canarias Insulas).
Durante la propia Antigüedad se dieron diversas explicaciones del nombre
Afortunadas. Así, el geógrafo griego Estrabón (geogr. I,
1, 5) lo pone en relación con el hecho de su cercanía a Iberia,
considerada tierra de felicidad; según el escritor latino del siglo VI
de nuestra era, Isidoro de Sevilla (orig. XIV, 6, 8-9), fueron llamadas
así porque producen toda clase de frutos, recogiendo de esta manera una
explicación que ya había dado el historiador Diodoro de Sicilia
en el siglo I a. C. Por otro lado, muchas han sido las etimologías del
nesónimo Canaria. Entre ellas, quizá la más
conocida sea la que nos proporciona el enciclopedista del siglo I d. C. Plinio
el Viejo (nat. VI, 37, 202-205, pasaje considerado como el acta de nacimiento
de los nombres de nuestras islas de origen latino) a partir del latín
canis perro, etimología muy discutible y que puede
considerarse de tipo popular. A la vista de otro texto del propio Plinio (nat.
V, 1, 15), habría que tener muy en cuenta un posible etnónimo de
una tribu bereber de Canarii que pudo ocupar y dar nombre a la isla (Gran
Canaria) en un momento determinado, si bien son posibles otras
explicaciones.
En fin, el tema de las Islas Afortunadas es sólo una parte del gran mito
atlántico que caracteriza a nuestro Archipiélago (y a otros del
entorno) y del que forman parte, además, otros temas como los Campos
Elisios, el Jardín de las Hespérides, la Atlántida, San
Borondón, el Paraíso, etc. Todo ello constituiría la gran
mitología atlántica del imaginario canario de origen
grecolatino[2].
[1] Martínez Hernández, M., Canarias en la Mitología.
Historia mítica del Archipiélago, Centro de la Cultura Popular
Canaria, Sta. Cruz de Tenerife, 1992; del mismo autor, Las Islas Canarias de la
Antigüedad al Renacimiento. Nuevos aspectos, Centro de la Cultura Popular
Canaria, Sta. Cruz de Tenerife, 1996.
[2] Manfredi, V., Las Islas Afortunadas. Topografía de un mito,
Anábasis, Madrid, 1997; Cachey, T. J., Le Isole Fortunate. Appunti di
Storia letteraria italiana, Roma, 1995.
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