| El 'espíritu del éxtasis' cumple
un siglo |
Dos empresas con propietarios diferentes, una
dedicada a los automóviles y otra a la aviación, comparten el
nombre Rolls-Royce
«Esfuérzate por la perfección en todo lo que hagas. Coge lo
mejor que exista y házlo mejor todavía. Cuando no exista,
diséñalo». Esta fue la máxima que el ingeniero Henry
Royce pronunció un buen día, mirando de cerca el French
Decauville de dos cilindros y diez caballos de potencia que se acababa de
comprar y que, en pocas palabras, le parecía manifiestamente
mejorable.
Lo hizo. Tomó como base su Decauville y llegó a fabricar hasta
tres unidades de un nuevo vehículo en el que lo fundamental estaba bajo
la carrocería. Un motor pensado para ser fiable y aguantar muchos
kilómetros sin estropearse. Ése y no otro era el auténtico
reto de la incipiente industria automovilística de la época.
El 4 de mayo de 1904, Henry Royce tuvo la oportunidad de entrevistarse con un
aristócrata londinense, Charles Rolls, propietario de un concesionario
de vehículos en la capital. Aquella comida, celebrada en el hotel
Midland, de Manchester, supuso el inicio de una alianza inquebrantable entre el
ingenio de uno y el dinero del otro. La mezcla perfecta de cualquier proyecto
empresarial que dio a luz, ahora hace un siglo, toda una leyenda del sector:
Rolls-Royce, con la inconfundible señorita plateada, bautizada como
«espíritu del éxtasis», que se enseñorea de su
capó y se ha convertido en el símbolo de la casa. A finales de
aquel mismo año ya presentaron dos coches en el Salón de
París, y tan sólo dos más tarde, en 1906, la firma
lanzaría al mercado el vehículo que ayudó a construir el
mito: el Silver Ghost, el 'fantasma de plata'. Un auténtico lujo que ha
sido bautizado también como «el mejor automóvil de todos los
tiempos», con seis cilindros en línea, 40 caballos de potencia y
una caja de cambios de cuatro velocidades.
Un motor fiable
Aquella alianza no se detuvo en los coches, ya que la incipiente industria
aeronáutica de la época demandaba, precisamente, lo que Henry
Rolls perseguía: un motor fiable en el que los constructores de aviones
pudiesen depositar su confianza. Gripar el motor en un turismo era aceptable,
pero sufrirlo en un avión a varios miles de metros de altitud no era
recomendable.
Ya desde su inicio, la compañía reservó su
producción de automóviles a un tipo de cliente marginal pero
selecto, capaz de mirar sólo el coche y no la factura. Para tener una
referencia, basta decir que el último modelo de la marca, en el mercado
desde enero de 2003, cuesta unos 300.000 euros en su configuración
básica. Sólo se fabrican unas 1.000 unidades al año.
En la división aeronáutica, el desarrollo militar dio paso al
inicio de la producción de motores para usos civiles, que han conducido
a la firma a ser uno de los tres principales fabricantes mundiales, junto a
General Electric y Prat & Withney.
En 1931, la empresa hizo un movimiento estratégico para contener el
desarrollo de una competencia que amenazaba su futuro. Así,
absorbió Bentley, que, como Rolls, había dirigido su
producción hacia coches de lujo y de gran tamaño, aunque con un
toque ligeramente más deportivo.
El comienzo de la década de los setenta fue especialmente
traumático para la compañía. Se situó al borde de
la bancarrota y obligó a una intervención urgente del Gobierno
británico. Los costes generados por el desarrollo de nuevos motores de
aviación y la baja rentabilidad de la empresa obligó a una
restructuración interna. La fabricación de automóviles y
la de motores de aviación fueron divididas en dos sociedades, en lo que
ya se anticipó como el inicio de una separación definitiva. El
'divorcio' llegaría en 1980, cuando la división de
automóviles fue vendida a la compañía británica
Vickers.
Vidas separadas
La firma aeronáutica goza de una actividad floreciente. Cotiza en la
Bolsa de Londres, tiene unos 35.000 empleados repartidos por todo el mundo y
vende sus motores de avión a unas 500 aerolíneas. En el sector
aeronáutico, curiosamente, no es el fabricante del avión -Boeing,
Airbus, Bombardier, etc.- quien decide el motor que equiparán sus
unidades, sino el cliente final. Su presencia en España se centra en la
participación como accionista destacado en la empresa vasca de
fabricación de componentes de motores ITP.
Después de muchos sobresaltos y de estar a punto de desaparecer del
mapa, la firma de automóviles intenta comenzar una nueva vida. En 1998
fue adquirida por el grupo Volkswagen, que se quedó con la
fábrica y la marca Bentley, pero cedió al grupo BMW los derechos
para el uso del nombre Rolls Royce. La actividad, ya bajo el control de BMW, se
reanudó a principios de 2003 con el lanzamiento del vehículo que
representa la nueva etapa de la marca: el Centenary Phantom.
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Publicado por El Correo Digital, el 9 de mayo de 2004
Autor: Manu Álvarez |
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