Todo no es trabajar
Ascensión al Pico Teide
El lunes 14 de abril de 2003, partimos en avión desde Sevilla siete senderistas del club de senderismo “Señal y Camino” de Dos Hermanas en dirección Tenerife con la intención de subir al Teide. Llegamos sin contratiempo y después de tomar dos coches de alquiler, subimos por el Valle de la Orotava en dirección a Montaña Blanca, en la falda del Teide. Aparcamos en La Pizarra, en el Km. 40,3 de la carretera que atraviesa el parque. A pesar de las recomendaciones dejamos la mayor parte del equipaje en el maletero, y empezamos a subir a las 8 de la tarde contemplando el mar de nubes por debajo nuestra y el Observatorio Astronómico del Teide, en Izaña, brillando con los rayos de sol de la tarde. Allí la altitud era de 2.340 m y ya se dejaba notar que el aire estaba enrarecido. Durante cerca de cinco kilómetros recorrimos una pista al principio bastante recta y después con grandes curvas hasta llegar a los Huevos del Teide, impresionante conjunto de bolas volcánicas de varios metros de diámetro. Allí, a una altitud de más de 2.700 m, comienza la verdadera ascensión. Eran las nueve y ya la noche caía rápidamente después de una bella puesta de sol. Poco más adelante, a la luz de la Luna casi llena, (no necesitamos linternas en todo el recorrido) tomamos un senderillo que, de manera pronunciada, subía en interminables curvas por un terreno de zahorra volcánica o piedra pómez blanca, bastante deleznable, que hace más dificultosa la subida. Ya completamente de noche y sin la seguridad completa de estar en el buen camino (ninguno había estado allí antes), se hicieron evidentes los efectos de la altura y del frío que empezaba a hacer. Todos caminábamos con paso de borracho.

Del sendero principal, a veces bastante perdido, salían atajos que una vez nos despistaron. Hacíamos pocos descansos por el miedo a no encontrar el refugio en el tiempo que nos habían indicado por teléfono, tres horas a paso de montañero. También, aunque habíamos avisado que llegaríamos tarde, siempre te queda la duda. Por fin, cuando llevábamos cerca de tres horas desde el inicio y todos estábamos bastante agotados e intranquilos, José Ángel que iba el primero, dio la voz de aviso, la chimenea del refugio estaba a la vista. Eso nos dio ánimos para realizar los últimos metros de los 930 m de desnivel que habíamos superado en los cerca de 7 Km. recorridos. Justo tres horas después de la partida, a las 11 de la noche, entramos al refugio de Altavista (922239811), que se encuentra a una cota de 3.260 m de altura, y nos dejamos caer en unos sillones que había en la entrada ante el asombro de un montañero que salía de un dormitorio, en calzoncillos, para hacer sus necesidades bajo las estrellas. Si rápido salió, más rápido volvió. Las tuberías de los servicios todavía se encontraban congeladas. Información que nos facilitó el guarda del refugio, que salió medio dormido, comentando que ya no nos esperaba. Como estábamos ateridos de frío, nos dijo que la temperatura en el exterior era de unos 3º C. Pasamos a la cocina y echamos de menos no haber traído unos sobres de sopa para calentar en el hornillo de gas que allí tenía. Comimos bocadillos, comentamos lo emocionante que había sido la subida a la luz de la luna bajo un impresionante manto de estrellas.

Después de las doce, nos metimos a oscuras en uno de los dormitorios buscando literas desocupadas y tapándonos con unos mullidos edredones que nos hicieron entrar en calor.

A las cinco de la mañana empezó el jaleo de montañeros que se levantaban para iniciar el ascenso del último tramo que separaba el refugio del pico, y ver amanecer en su cumbre. Nosotros, de manera telepática, decidimos continuar un par de horas más acostados, porque el rugido del viento fuera y el frío que entraba por la puerta no daban ganas de levantarse. Lo hicimos a la siete y vimos salir el Sol por encima del mar de nubes delante del refugio.

El día se presentaba bueno y después de un desayuno sin café caliente, salimos a las ocho, otra vez solos, dispuestos a dejar alta la bandera de Dos Hermanas y la pancarta del club en lo alto de la cima de España, después de superar los últimos 500 m de desnivel, en cerca de 2 Km., que nos separaban de ella.

Caminábamos sobre mantos de oscura lava solidificada en los que quedaban restos de neveros helados. Ya se divisaba el pitón volcánico blanco del Teide, algo que no habíamos visto hasta ahora. Hacía bastante frío y los efectos de la altura todavía se notaban más, unido a los cada vez más frecuentes olores sulfurosos conforme más cerca estábamos de la cumbre.

El primer tramo de subida desde el refugio tiene un desnivel de 278 m y pasa cerca del mirador de La Fortaleza. Después atravesamos los llanos de La Rambleta hasta llegar a la estación del teleférico, que se encuentra a 3.549 m de altura. El camino que sube a la cumbre por el Pilón de Azúcar se desvía unos metros antes, y desde ese punto se necesita permiso (922290129) para acceder a la cumbre. Es el sendero llamado de Telesforo Bravo y la parte más dura del recorrido, con un desnivel de 157 m, aunque el camino está empedrado y tiene escalones. El guarda no estaba allí y tampoco había nadie salvo una pareja de extranjeros que iniciaba el descenso. Enormemente agotados, los siete senderistas fuimos llegando uno detrás de otro al borde del cráter, mucho más pequeño de lo que uno se imaginaba (80 m), y del que salían por varios puntos nubes de vapor que nos hacían taparnos nariz y boca. Habíamos tardado menos de dos horas desde el refugio, lo que no estaba nada mal.

No había ningún vértice geodésico, sobre un peñasco rocoso que había en la cumbre, a 3.718 m de altura nos colocamos en grupo y desplegamos la bandera y la pancarta enormemente felices de haber conseguido el objetivo propuesto. El cansancio desapareció como por ensalmo y durante más de media hora disfrutamos solos de aquel momento, haciendo fotos , subiendo por las rocas y contemplando el paisaje desde el punto más alto de las Islas Canarias y de España.

Por diversas grietas salía mucho calor, lo que sirvió para que algunos se calentaran las manos. Después de recordar a los compañeros a los que les hubiera gustado estar allí, el viento frío y las vaharadas fétidas nos hicieron bajar justo a tiempo de cruzarnos con las primeras remesas de turistas que el teleférico había llevado hasta cerca de la cumbre. El guarda nos pidió el permiso y los momentos mágicos que completamente solos habíamos disfrutado hacía sólo unos minutos, empezaron a evaporarse rápidamente.

Una vez allí debatimos si volver a bajar por donde mismo, lo que nos llevaría, al menos, cuatro horas, o tomar el teleférico. Esta alternativa salió vencedora porque queríamos llegar con tiempo a Los Cristianos para sacar los billetes del ferry a La Palma y algunos querían tener su primera experiencia en teleférico. Así lo hicimos y en ocho minutos, bajando por el corredor de la Corbata, estábamos en la base de la montaña que tanto esfuerzo nos había costado subir.

Allí la magia ya se disipó por completo, una enorme cola aguardaba para subir al teleférico mientras llegaban más y más vehículos y autobuses que atiborraban los aparcamientos. Recorrimos los tres Km. que nos separaban de Montaña Blanca ya ligeros de ropa porque el calor se notaba, observando a los bordes de la carretera los tajinastes rojos a los que todavía no les había salido la flor.

En los coches no hubo contratiempo y después hicimos una breve parada para ver la imagen tópica y típica de Tenerife, aunque hermosa, de los Roques de García con el Teide al fondo. Entre el enorme gentío, más propio de Sevilla en Semana Santa, miramos a la cumbre del Echeide de los guanches, donde situaban ellos el infierno habitado por Guayota, el genio del mal, ahora tan lejana y en la que sólo una hora antes habíamos disfrutado en completa soledad.

En los días siguientes haríamos excursiones por la isla de La Palma, pero esa ya es otra historia.

Publicado por Collado Sur. Revista Periódica de la Federación Andaluza de Montañismo, en el III Trimestre de 2003
Autor: Joaquín Pascual Alemán. Club de senderismo “Señal y Camino” de Dos Hermanas.
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