| Garachico |
Villa situada en el sector NO. de la isla de
Tenerife, de cuya capital dista 62 Km. Está rodeada por los municipios
de Icod de los Vinos, El Tanque y Los Silos, y tiene por límite, en el
punto norte, el Océano Atlántico, y en las proximidades de la
costa el peñón de origen volcánico denominado "El
Roque".
El término municipal tiene una extensión de 4.342,5
hectáreas, de las que 2.979 corresponden a núcleos rurales. La
zona urbana, con una altitud media de 10 metros sobre el nivel del mar es
eminentemente costera, más o menos llana, y se comunica directamente, y
sin aparente subida de nivel, con La Caleta de Interián. El terreno
asciende hacia los barrios de San Pedro y Las Cruces, por el Oeste y hacia El
Guincho por el Este, sin que esta altura signifique un nivel
desproporcionado.
El caso contrario es el de los barrios de Genovés, San Juan del Reparo y
La Montañeta, situados a una altura que supera los 500 metros, con
especial incidencia en La Montañeta, incrustado de lleno en el pinar que
llega hasta el Teide.
La distinta altitud diversifica, como es lógico, el aspecto
climático, con temperaturas costeras que no bajan de los 16° en
invierno, ni sobrepasan los 26° en los días de agosto, mientras que
el frío es particularmente intenso en La Montañeta durante la
estación invernal.
Los barrios denominados San ]osé y Los Reyes, pese a encontrarse a
cierta altura, en relación con la costa, forman un todo indivisible con
las más céntricas calles de la zona urbana.
La costa, extendida a lo largo de seis Km., entre El Guincho y La Caleta de
Interián, tiene sectores de acantilados, entre los que se intercalan
pequeñas radas y playas de arenas negras y reducida
extensión.
La población del municipio, que ha sufrido bruscas oscilaciones a lo
largo del tiempo, a causa de una serie de vicisitudes de tipo natural o
político, se sitúa hoy en los 5.918 habitantes, con arreglo a la
siguiente distribución: San Juan del Reparo: 843 habitantes;
Genovés: 894; La Montañeta: 202; El Guincho: 373; San Pedro de
Daute: 189; Las Cruces: 414; La Caleta de Interián: 659, y la zona
urbana 2.345 habitantes.
La fundación de Garachico data de 1496, fecha en la que el Adelantado
Fernández de Lugo cedió amplias zonas de terreno en el lugar, al
banquero genovés Cristóbal de Ponte, a quien ha de considerarse
como el fundador de la hoy Villa y Puerto. El nombre de Cristóbal de
Ponte se vincula a los de Mateo Viña y Agustín Italiano,
también genoveses y que mantuvieron, asimismo, grandes extensiones de
tierras, donde se instalaron los molinos de azúcar que significaron la
primera y más importante riqueza del Lugar.
Tal riqueza se hizo posible, no sólo por la feracidad de las tierras
roturadas, sino por la proximidad de la cala natural que guarecía de los
temporales a los navíos que, a lo largo de casi tres centurias, se
acercaban a la costa de Garachico para desarrollar en ellas un comercio que
tuvo pronto extraordinarias proporciones.
Fue el de Garachico el más importante puerto de la isla en los siglos
XVI y XVII. Por él eran embarcados los principales productos
norteños, entre los que el azúcar y el vino tuvieron principal
preponderancia: el azúcar de los cuatro ingenios de la comarca y el vino
malvasía tan celebrado en Europa. Los barcos que zarpaban de Garachico
partían hacia Yucatán y Río de la Plata; hacia Flandes e
Inglaterra; hacia Francia o Angola... Su regreso era aguardado con
expectación desde las atalayas construidas en sus propios domicilios por
los más adinerados comerciantes. Y no era para menos tal
expectación si se tiene en cuenta que las naves traían
paños ingleses, obras de arte, especias de oriente, telas
francesas...
Parece natural que un puerto que tuvo almojarife y que se organizó
administrativamente, cobrando derechos y tasas de exportación,
así como cánones de entrada, sirviera de punto de arranque y
luego de crecimiento y esplendor al lugar en que estaba ubicado. Alrededor del
puerto surgió una población cosmopolita en la que se instalaron
mercaderes y comerciantes que mantuvieron, con su situación
privilegiada, un emporio que se mantuvo firme hasta los comienzos del siglo
XVIII. Un emporio en el que, además de familias nobles y adineradas,
tuvieron asiento varias comunidades religiosas: franciscanos, agustinos,
dominicos, monjas claras... y un número bastante crecido de artistas
plásticos: escultores, plateros, canteros, pintores,... que mantuvieron
al mayor nivel el ambiente cultural de la zona, con especial incidencia en la
escuela de escultura creada en torno a Martín de Andújar, cuyo
montañesino taller contó con valiosos alumnos, entre los que cabe
destacar el gomero Francisco Alonso de la Raya y el garachiquense Blas
García Ravelo.
Todo el apogeo y riqueza desaparecieron en el calamitoso suceso
vulcanológico del año 1706. Antes había sufrido Garachico
toda una larga teoría de desgracias: incendios, maremotos, inundaciones,
pestes, vendavales.... de los que supo siempre rehacerse. Hasta que la
erupción comenzada el 5 de mayo de 1706 y que había de durar
hasta el 13 de junio, en que se consideró ya extinguida,
significó que casi quedara cercenada la vida comunitaria de la opulenta
ciudad.
No sólo desaparecieron casas y calles, palacios e iglesias, sino que el
puerto, su principal riqueza y la razón de su subsistencia,
resultó maltratado por la furia del volcán, que lo
obstruyó implacablemente, reduciéndolo a una pequeña rada
que contrastaba con la amplitud de la ensenada natural que el fuego
había cegado.
El auge comercial pasó a los puertos de La Orotava y Santa Cruz. Los
esfuerzos que los vecinos de Garachico desplegaron para paliar, de algún
modo, la catástrofe no encontraron eco en las autoridades insulares,
inclinadas a favor de la hoy capital de la provincia, hacia donde fue dirigido,
por orden del comandante general, todo el comercio de Garachico, no sólo
por razones de comodidad, sino por el matiz político que
caracterizó cada decisión del marqués de Valhermoso.
Los vecinos rehicieron sus casas. Las comunidades religiosas volvieron a sus
conventos, algunos de los cuales hubieron de ser reedificados. Pero ya todo fue
diferente.
Arruinado el comercio, los habitantes de Garachico comenzaron a vivir de la
agricultura y la pesca. Una agricultura con desigual reparto y una pesca
carente en absoluto de una infraestructura adecuada. Las embarcaciones se
vieron obligadas a reducir su tamaño en espera de tiempos mejores. La
rehabilitación del puerto fue un intento que no cristalizó, pese
a haber dado comienzo unas obras tendentes a resolver la dificil
situación.
Paralizadas las obras, no mejoraron las condiciones de una agricultura que se
asienta en una estrecha faja de terreno entre la montaña y el mar. La
incipiente industria turística, apoyada en la suavidad del clima y en la
belleza urbanística del lugar, que mantiene aún edificaciones
interesantes, no cuenta tampoco con la infraestructura necesaria, si bien en la
actualidad cuenta con un hotel de 19 habitaciones, y otro a punto de
inaugurarse, ambos enclavados en casonas antiguas de la zona urbana, y otros
dos en el barrio de El Guincho, como si estuviese a punto de reiniciarse el
cosmopolitismo de los siglos XVI y XVII, en los que Garachico fue el principal
puerto de la isla y foco, también principal, de la cultura.
El viajero que llegue a Garachico se encontrará con los conventos que
crearon franciscanos, dominicos y monjas concepcionistas, porque los otros no
regresaron después de la partida. Y se encontrará también
con la iglesia parroquial y el Castillo de San Miguel; con los balcones de tea
y los sombríos zaguanes de sus casas solariegas. Y con sus calles
estrechas y empedradas, que se resisten a soportar el asfalto y el cemento de
las grandes urbes.
Sin dejar de mirar hacia atrás, porque la Historia merece un respeto, el
pueblo es hoy una localidad moderna, con paseos y piscinas; avenidas y
jardines; restaurantes y canchas de tenis. Pero con una acertada
delimitación: a un lado, la quietud y el sosiego de sus calles antiguas;
al otro, y como contraste muy acusado, las zonas más modernas,
más actuales, donde la vida, aunque sin prisas ni agobios, se mueve a un
ritmo diferente.
Garachico es sigue siendo punto obligado de reuniones y visitas de
personajes importantes. Además, ha sabido mantener sus más
queridas tradiciones, que lo señalan como pueblo diferente en el
concierto insular. La romería de San Roque, que lo convierte en una
riada humana que canta, baila y se divierte hasta el agotamiento, contrasta con
una Semana Santa de rica imaginería, que se vive profundamente, hasta el
punto de que parece un pueblo enseñado en sumergirse en el pasado de
unas manifestaciones religiosas que tuvieron en los siglos XVI y XVII una
significación muy especial.
Su pulcro aspecto y la belleza de su arquitectura le han valido varios premios
nacionales de embellecimiento y S.M. el Rey don Juan Carlos le concedió
la Medalla de Oro de las Bellas Artes como reconocimiento a su trayectoria
cultural y artística. Cabe suponer que la elegancia y el
señorío seguirán conservándose también.
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Publicado por
Turismo de
Canarias
Autor: Ilmo. Sr. D. Ramón Miranda Adán. Alcalde-Presidente del
Excmo. Ayto.de Garachico. |
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